3/02/2008

LA CALLE 42










Afirmar a estas alturas que La Calle 42 es uno de los grandes clásicos del género, no solo suena a tópico sino que equivale a no decir nada. Sin embargo no hay más remedio que recordarlo una vez más. Con esta película, Busby Berkeley, responsable de las secuencias musicales, vino a inyectarle al musical un ritmo y un estilo hasta entonces inéditos. El tema de la película es más o menos el de siempre: una chica quiere triunfar en Broadway y llama a la puerta de infinidad de agencias teatrales antes que la suerte le depare la posibilidad de demostrar su valía. Esta simple, anécdota, trillada incluso por los años en que se realizó la película, es explicada a través de un concepto del espectáculo cinematográfico rigurosamente nuevo. Berkeley no se limita a fotografiar las evoluciones de las chicas, sino que inventa con ellas y a partir de ellas una nueva estética, no solo óptica sino también dinámica. La utilización de una sola cámara, aunque dotada de la máxima movilidad, el empleo de los travelling mas inverosímiles por impensados, las tomas multiangulares, desde el enfatismo mas atrevido al picado literalmente vertical, la introducción de un geometrismo casi feroz, emparentado muy de cerca con la imagen caleidoscópica, la potenciación de la figura humana como elemento espectacular y, en definitva, la omnipresencia de una imaginación punto menos que delirante, hizo que “La Calle 42” y, en general, las teorías de Berkeley sacudiesen a fondo los cimientos de lo que hasta entonces se había entendido por cine musical. Salta a la vista que la película ha pasado a la historia, no por su prosa, imputable a su director Lloyd Bacon, sino por el verso de Berkeley. No es que el trabajo de Bacon sea malo, que no lo es, incluso posee cierto encanto como visión testimonial de la época. Lo que sucede es que la parte encomendada a Berkeley posee el brillo de lo genial. El número que da titulo a la película por ejemplo, con Ruby Keeler descendiendo de una larga escalinata flanqueada por docenas de rascacielos que se mueven al ritmo de la música, es algo que subyuga desde el mismo momento en que su imagen se materializa en la pantalla. Y otro tanto ocurre con al secuencia del tren, con la del baile de Ruby Keeler subida al techo de un taxi o con la del espectacular desfile de chicas y chicos, ellas con larga falda negra abierta por un lado y blusa blanca, ellos con chaqueta cruzada negra y pantalón gris. Es el embrujo del espectáculo, la magia de una música y unas imágenes reelaboradas a partir de criterios que siendo nuevos, entroncan con dos de las más viejas y excitantes curiosidades del ser humano: ver y escuchar.
Por lo general el camino recorrido por los musicales ha tenido, y tiene, en Broadway su punto de origen y en Hollywood el de su destino. Es decir, han nacido y continúan naciendo en los escenarios de la Costa Oeste. En el caso de “La Calle 42” el trayecto se produjo sorprendentemente a la inversa. Casi cincuenta años después de su edición en Hollywood, llego a Nueva York de la mano de Gower Champion, quien, por cierto, moriría de un infarto el día de la presentación de la obra en el Winter Garden, para convertirse en el musical mas destacado en Broadway en 1980. La película se encuentra entre nosotros editada en Dvd en una copia idéntica a la de otros países por la multinacional Warner y esta realizada en el año 1933.